Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad.

Jean Jacques Rousseau (1712-1778)

miércoles, 17 de octubre de 2012

TERCER DÍA: VACÍO

Es imposible que una cosa tan natural, tan necesaria y tan universal como la muerte pueda haber sido destinada a la humanidad, por la providencia, como un mal.
Jonathan Swift (1667-1745)

Recordó a su madre. 
Feliz en el último día.
Cuando ella murió comprendió que su propia vida estaba encaminándose a lo inevitable. A partir de ese día empezó a recordar las enseñanzas de su niñez. Estaban olvidadas, pues no eran necesarias, pero el final de su madre le produjo un escalofrío.
Imaginó el mundo sin su propia existencia. Notó un gran vacío en su pecho, como un ahogo. Nada. No había nada. Desesperanza. Igual que dudó en su juventud, y acabó negando su religión materna, ahora empezaba a dudar de su religión incuestionable. La religión de la manada a la que pertenecía: la religión laica.
Era incuestionable que la muerte es el final. La religión laica así lo expresaba, tajantemente. No puede existir nada tras el final, pues no existe explicación racional a la existencia de una vida tras la muerte física.
Hasta hacía bien poco, la religión de su madre tenía que ver con la totalidad de las actividades mundanas, de manera que la religión era su propio ser. Vida y alma indisociables, no se toleraba la división. El que no estaba de acuerdo con esta idea no era un verdadero ser humano en su integridad. Se le desterraba por impío. 
La religión opuesta a la razón.
Negada la religión se instaura la razón, que atiende a verdades objetivas u objetivables. La nueva religión laica consiguió una nueva sociedad, de la que él formaba parte indubitable, en la que todos los miembros de la manada laica pudieron desarrollarse en libertad, sin ningún tipo de coacción, sin imperativos externos. Cómo no podían verlo los seguidores de la anterior religión.
Ahora, la religión de la manada tenía que ver con la totalidad de las actividades mundanas, de manera que la religión laica era su propio ser. No existía alma. El ser humano era libre. Pero curiosamente, como la antigua religión de su madre, tampoco toleraba la discrepancia. El que no estaba con esta idea laica no era un verdadero ser humano en su integridad. Se le desterraba por alienado.
Pero su madre murió feliz.
Quería recordar lo aprendido de niño y ya olvidado.
Se dio cuenta de que las diferencias entre la cristiana muerte de su madre y la laica muerte de los integrantes de la laica manada eran la esperanza frente a la desesperanza, la felicidad frente al más absoluto de los vacíos.

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