Oliver Cromwell (1559-1658)
Esfuerzo, sufrimiento. Tan solo los tuvo, respectivamente, para preparar la oposición a su primer matrimonio, y en la espera del resultado esperado. Después, fue la norma: dejarse llevar.
Pero
una vez conseguido el objetivo, ¿qué?
Siempre
pensó que esfuerzo y frustración van cogidos de la mano. Casi nunca el esfuerzo
se ve recompensado. Es más, ¿para qué esforzarse, si dispones sobradamente de
aquello que te permite vivir bien? ¿La gente no se da cuenta de que es más que
probable su fracaso? ¿La gente es tonta o qué?
Hay
que palabras que parecen que están vetadas en el diccionario de la “nueva
lengua”: esfuerzo, excelencia. La excelencia es palabra denigrada por sectores
tendentes a la homogeneización social, en la que el individuo que busca un fin
complejo al que se puede llegar mediante el esfuerzo es tratado de antisocial,
clasista, hereje de la religión laica. Un ser perfectamente prescindible,
prescindible en la hoguera del pensamiento único, condenado a vivir en el redil
o desterrado de cualquier reconocimiento de la colectividad.
Es
el triunfo de los mediocres, de aquellos que prescinden de la excelencia y del
esfuerzo para llegar a ella. Es el asesinato de la naturaleza propia del ser
humano en ¿beneficio del pueblo?
Excelencia.
Esfuerzo.
Se cuenta
la historia de un hombre que quiso creer en sí mismo, que quiso ser un hombre.
No quiso quedarse en lo que aparentemente sería su vida, una triste vida. Se
impuso un gran reto a superar.
Este
hombre nació allá por el año 1909, y un día de invierno, cuando tenía ocho
años, la estufa del aula en la que estudiaba ardió. En el incendio murió su
hermano mayor, y él sufrió gravísimas quemaduras en toda la parte inferior de
su cuerpo. Increíblemente sobrevivió al incendio, pero perdió parte de la
musculatura de sus rodillas y piernas, así como la totalidad de los dedos de su
pie izquierdo. Dada la envergadura del daño, estaba condenado a quedar inválido
para el resto de sus días.
Pero
él no lo quiso. Día a día intentó mover las piernas; a cada movimiento le sucedió
otro; más tarde, logró caminar con mucha dificultad; tiempo después, caminaba
mejor. Al final, incluso pudo llegar a corretear.
En
la universidad formó parte del equipo de atletismo. Y, en 1932 y 1936, formó
parte del equipo de atletismo de los Estados Unidos. En la Olimpiada de 1936,
batió el récord del mundo de los 1.500 metros , pero fue superado por otro
corredor.
Pero
el niño que iba a quedar inválido, Glenn Cunningham, fue el norteamericano que
corrió esa distancia más rápido que ningún otro.
Tras trabajar como director de
educación física en la Universidad, fundó con su mujer un centro para ayudar a
jóvenes desfavorecidos. Y murió, con la satisfacción de ver recompensado su
esfuerzo, en 1988.
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