"La cosa más bella del mundo es la tranquilidad"
Periandro de Corinto (siglo VII a.C)
Periandro de Corinto (siglo VII a.C)
En cuanto acabó sus estudios universitarios se dio cuenta que tenía la
vida ante sí.
A veces, bueno, siempre, recordaba lo estudiado en su juventud: el Ser
y el No Ser, las acciones y sus consecuencias, el capital y el riesgo. Todo, en
sí, era el sentido de la vida. Y todo era pura elección.
Este era el momento. Era consciente de lo que tenía con toda seguridad:
Inseguridad. Pero estaba formado para hacer frente a todo. Sin red.
Creció en una familia en la que, sin saberlo, pero siguiendo las
enseñanzas de Aristóteles, la moral era la virtud. En realidad, eran las
enseñanzas cristianas. Siempre confió en ello y le sirvió para, siempre de la
mano de Temor, “llevar el camino correcto”.
Y siguió su camino confiado en esas enseñanzas, las cuales eran, sin
duda, positivas para ser buena persona (posteriormente entendió que buena
persona es sinónimo de ingenuo, o sea, pardillo).
Consecuente con ello, intentó no hacer nunca daño a prójimo, siempre
ayudó a los demás; le faltaba tiempo para servir, nunca para servirse. Se dio,
pensando en que prójimo era igual que él, pero poco recibió.
Prójimo resultó ser persona poco dada a agradecimientos. Todo lo
contrario, se valió de él para conseguir sus fines y deseos. Sin importar cómo.
Se dio cuenta tarde de la realidad. No supo defenderse de prójimo y
obtuvo tristeza y melancolía como recompensa.
Intentando ser consecuente con la realidad descubierta, pero siempre
temeroso de faltar al Amor Verdadero, procuró sobrevivir en el real e impío
mundo. Lucha constante entre deseo y hechos, entre fantasía y realidad: Soledad.
Pese a cumplir con las leyes reproductivas, la alegría nunca inundó sus
días. Cuestiones periféricas se hicieron centrales, y las centrales se fueron desvaneciendo.
Hasta que se desvanecieron. El Ser se convirtió en No Ser.
Prójimo se manifiesta en diferentes caras. Algunas muy agradables que
compensan vacío y soledad. Pudo comprobarlo. Encontró uno que creyó sabía apreciar
su Ser, el cual creía totalmente emigrado para no volver. Y Ser, fue.
Creyendo a prójimo más coherente con sus principios, intentó darse de nuevo, intentar Ser de verdad. Mas moral y virtud, transformadas en Temor, se manifestaron carentes
de piedad.
Prójimo, necesitado de tranquilidad y estabilidad, se negó a participar
de la posibilidad de encontrar el sentido. Moral y virtud, o sea Temor, negaron
un renacimiento para volver a la misma realidad. Prójimo exigió la
“periándrica” tranquilidad, alterada por la invasión de su espacio,
desapareciendo de su vida.
Vacío y soledad, contemplando la situación, decidieron ocupar de nuevo el
perpetuo espacio efímeramente abandonado. El renacimiento resultó ser el de No
Ser.
Los espacios quedaron, pues, claramente definidos, como siempre lo
habían estado.
Únicamente
permaneció Esperanza, pero ella no ocupa volumen ni espacio.